Al momento de pensar o concebir una estructura narrativa[1] para el desarrollo de cualquier tipo de historia en términos generales (novelas, cuentos, cómics, teatro, cine, televisión o videojuegos), tendemos a caer dentro del paradigma clásico propuesto hace ya más de dos milenios por Aristóteles: la estructura lineal en tres actos; formada por el archiconocido planteamiento de un inicio, un desarrollo y un cierre, es la forma que se concibe como más natural al momento de desarrollar cualquier narración. Este modelo es de hecho, el que con mayor facilidad se amolda a las inquietudes de aquellos que perciben y producen narrativa a la par que es el más cómodo y global de ejecutar, en palabras del propio Aristóteles: “Algo completo es aquello que cuenta con un comienzo, un medio y un cierre”[2]. El genio griego pensaba que una tragedia debía de imitar (la mimesis griega[3]) un hecho o acción completa, hasta el punto en que esta sea cerrada de forma definitiva; esto último significa que los eventos planteados dentro de la narración, deben de verse continuados o sucedidos por otras tantas situaciones dramáticas que completen en planteamiento original, ya sea por probabilidad o bien, por necesidad (cerrando de forma intencionada o casual la cadena de eventos); toda esta sucesión de acontecimientos y accidentes, llevara al protagonista, a enfrentarse al nudo, aquel problema que se planteó en un principio y que en las inmediateces de la obra (los tres actos) debería de encontrar una solución.
Para agregar efectos dramáticos o de tensión a este último aspecto del ejercicio narrativo, Aristóteles propone que toda obra ha de contar con dos grandes partes que, a nivel macro, condensan incluso los tres actos ya previstos: la complicación y la solución; en la primera, el protagonista empieza a verse cara a cara con los problemas que se desencadenan al revelarse el nudo, mientras que en la solución, las complicaciones sorteadas son resueltas y el nudo se “desenreda”.
“La fábula, en nuestro presente sentido del término, es simplemente esto: la combinación de los incidentes, o sucesos acaecidos en la historia; mientras que el carácter es lo que nos incita a adscribir ciertas cualidades morales a los protagonistas, y el pensamiento se advierte en todo lo que ellos dicen cuando prueban un aspecto particular, o quizás enuncian una verdad general.”[4]
Con ello en mente, el autor de la Poética, propone que toda gran obra dramática ha de contar a su vez con dos tipos particulares de escenas: la inversión –aquellas escenas que fungen como una pinza o giro de tuerca para con la acción desarrollada y propulsan los sucesos y eventos en una nueva dirección[5]– y el reconocimiento –en donde el protagonista se ve afectado por una revelación o cambio significativo en su carácter-. De hecho, dentro de las tragedias, los conflictos o complicaciones en el viaje del protagonista, surgen desde sus propias tribulaciones internas, sus conflictos y fallas o errores de caracteres (la hibris[6], entendida no como desmesura, sino como el error trágico de los héroes).
Toda esta visión construida desde la intuición creadora de los antiguos saberes griegos, terminaría por configurar un paradigma prácticamente inamovible dentro de las estructuras dramáticas, hasta el punto en que muchos críticos y estudiosos del hecho narrativo en sí, lo terminarían por adoptar como una poética bastante cómoda y sencilla al momento de narrar un hecho; un ejemplo de esto último es Syd Field[7], quien no se limitó exclusivamente al planteamiento de la “aventura” dentro del espacio de los tres actos, sino que incluso llego a plantear la duración más correcta o adecuada de cada acto de la historia, sugiriendo que el planteamiento y el desenlace debían de durar una cuarta parte de la acción total, mientras que el nudo, el grueso de la historia, su desarrollo, debía de durar la mitad de la misma –aunque la duración resulta que en la actualidad esta sujeta no solo al formato en que se narre, sino también a los intereses del propio autor-. De igual forma, Field establece que dentro de la estructura usual de los tres actos, se encuentran integrados otros dos elementos adicionales, los cuales él denomina como “puntos argumentales”; hechos que cambian radicalmente el sentido de las acciones ejecutadas hasta el momento. El primero de estos puntos, sería el detonante (ubicado en el inicio o planteamiento) y corresponde a la presentación del desafío o problema que quiebra las leyes del universo originalmente planteadas y que representa el verdadero inicio de la acción dramática, mientras que el segundo “punto argumental” se encuentra situado al final del desarrollo y se trata de la acción particular que catapulta la historia hasta el clímax o cierre (el momento culminante de la narración). La función particular de estos dos elemento (según Linda Seger[8]) es la de provocar efectos dramáticos que no se limiten exclusivamente a la situación ficticia, sino que se extrapolen y generen una sensación de riesgo también en cuanto refiere al espectador (esto último al cambiar la dirección de la narración y exigir una toma de decisiones al protagonista, a la par que introduce el próximo acto).
Ahora bien, con los puntos y características fundamentales de la estructura clásica de las representaciones dramáticas establecidas, resulta fundamental hacer mención por igual al hecho de que a pesar de que este modelo de tres actos se supone un paradigma inamovible y prácticamente atemporal al momento de contar una historia, no se supone en ninguna instancia de un canon o alguna suerte de regla fija para constituir una historia (como si se tratara de algún requisito para constituir la narración), sino que más bien refiere a una forma en que es más sencillo, tanto para el espectador como para el productor y el crítico, de digerir, exponer y producir una obra narrativa (sin hacer distinción de género alguno); no se piensa tampoco como un modelo para la historia en sí o sus personajes y ese es el motivo por el que la estructura clásica no se debe ejecutar en términos literales, puesto que más bien se supone un modo de leer la historia, interpretarla –siendo que bien puede contar con una estructura dramática radicalmente diferente-.
A partir de esta noción es que empiezan a constituirse nuevas visiones del funcionamiento interno de un drama y como este mismo se haya constituido. Se potencian las capacidades creativas de los narradores y storytellers por medio de nuevos paradigmas al momento de pensar en la estructura dramática y que son en sí, versiones alternativas al modelo clásico de los tres actos de Aristóteles y la visión planteada por Field; prueba de ello son el Jo-ha-kyū y el Kishōtenketsu, arreglos o formas argumentales usadas en el oriente antiguo para trabajar las narraciones heroicas. Empero, para nosotros, en el occidente moderno, resulta más cercano y fácil de entender la estructura planteada por el dramaturgo y novelista alemán, Gustav Freytag: el drama en cinco partes[9].
La pirámide de Freytag (como también es conocida la estructura de los cinco actos) se supone una extensión del formato clásico de los tres actos aristotélicos, expandiendo la división argumental en cinco partes diferenciadas no solo en cuanto a su denominación, sino también por su función dentro de la propuesta y la organización de la obra; estas parte vendrían a ser: la exposición, la acción in crescendo, el clímax, la acción en caída y el dénouement.
En primera instancia, contamos con el fragmento de la historia en donde se nos es introducido el universo en que se desarrollaran los futuros eventos: sus leyes, sus acontecimientos, el contexto general y la información que podría ser útil para la audiencia. Esta exposición (valga la redundancia) puede ser lograda por medio de diálogos, hechos retrospectivos (flashbacks), detalles de fondo, pensamientos o soliloquios de los protagonistas o incluso, mediante la propia acción del narrador. A continuación, dentro de la acción en alza, se nos van presentando diversos y variados elementos que concluirán en la construcción del punto de mayor interés en la trama. Se suponen la serie de eventos que se dan de forma inmediata a la introducción o exposición del mundo y que ayudan a construir el clímax. Estos eventos, tienden a tener una relevancia mayúscula dentro de la historia debido a que la totalidad de la trama depende de ellos; no solo a la hora de elaborar el clímax, sino porque también es gracias a ellos que se desprende una solución satisfactoria para el conflicto planteado (y de esta manera, la obra).
El clímax es el punto de giro dentro de la historia planteada, es el hecho que cambia el destino o fatum del (o los) protagonistas. Este se caracteriza por la mayor cantidad de suspenso.[10] Todo esto nos lleva al cuarto acto: la acción en caída, donde generalmente en los dramas, el conflicto entre el protagonista y su rival (el antagonista), se ve resuelto -no siempre en términos favorables para el héroe-; aquí, se hace énfasis en los giros de tuerca y en cuestiones aún sin resolver que son reveladas, a la par que se suele recurrir a momentos de tensión o suspenso con el fin de poner en entredicho el conflicto final y su resolución.
Finalmente, hemos llegado al dénouement, en donde se comprenden los eventos que van desde el final de la acción en caída hasta el cierre definitivo de la obra. Aquí, los conflictos se ven resueltos, permitiendo a los personajes restantes establecer un sentido de normalidad y de catarsis para el lector (usualmente identificado no con un aprendizaje moral, sino con la liberación de una tensión acumulada, aunque bien que se puede aprender una lección). Aquí todos los nudos son atados y las cuestiones que no se habían resuelto anteriormente, encuentran su desenlace[11].
Este nuevo formato o percepción de la obra dramática se tornaría especialmente popular dentro del continente europeo una vez alcanzada la modernidad y más aún, con la puesta en escena del teatro isabelino -conjunto de obras dramáticas escritas durante la hegemonía de Isabel I de Inglaterra y de Jacobo I[12]-, siendo las más celebres y populares (no solo en ese entonces, sino también en nuestra era contemporánea), las múltiples obras escritas por el afamado dramaturgo, William Shakespeare, a quien de hecho, podemos atribuirle la prolongación de la estructura dramática en cinco actos o pirámide de Freytag hasta nuestros días, en vista de que la totalidad de sus grandes dramas y comedias, se encuentran encapsulados en torno a este medio para organizar su narrativa; desde “Romeo y Julieta” hasta “Como gustéis”, todas las obras del genio inglés se encuentran fundadas y concebidas desde la visión de un drama en cinco partes, el cual si bien, llega al mismo fin de la estructura clásica y aristotélica (permitir el desarrollo organizado de una historia), sí supone un tono y sensación diferente para con la obra, a la par que como herramienta de escritura, le permite al dramaturgo construir narraciones que se suponen más interesantes o previstos de emoción que las desarrolladas en el formato clásico.
Prueba de ello –de la pasión de Shakespeare por este formato-, es la obra clásica «Macbeth«, la cual podemos ver fácilmente dividida en cinco actos en el siguiente diagrama:


Fig. 1: Ian McKellen y Judi Dench como Macbeth y Lady Macbeth respectivamente en una de las representaciones contemporáneas más celebres de la obra de Shakespeare: «Macbeth» de 1979.
De tal forma, grandes obras de la literatura universal en el horizonte cultural de occidente («Hamlet«, «Rey Lear«, «Sueño de una Noche de Verano«), difundieron la concepción de la pirámide de Freytag y constituyeron un modelo que si bien, no alcanzo ni por asomo la popularidad y el uso de la estructura clásica en las obras continentales (entiéndase Europa y a posterior América), sí que fue bien recibida por los estudiosos y críticos del hecho narrativo, quienes alimentaron esta estructura hasta la llegada de la era contemporánea, donde, con la aparición y masificación de las artes audiovisuales (el cine, la televisión y los videojuegos), se renovó el formato de los cinco actos como una herramienta creativa que permitía innovar en el aparato del storytelling; prueba de ello es que son múltiples los guionistas, correctores o estudiosos del tema, que aseveran que dentro del mundo audiovisual, una gran cantidad de obras son pensadas y organizadas en torno a cinco actos (en lugar de tres), lo cual no solo supone una herramienta para el escritor en cuestión, sino también para la totalidad de la producción –que en estos términos abarca muchísimo más que el simple hecho escriturario-.
Un gran ejemplo de esto último lo encontramos en la superproducción del año 2012 de la Marvel Comics: «Los Vengadores«; una cinta que desde su planteamiento, nos presenta una trama que sería muy difícil e incómodo enmarcar en torno a tres actos y que muy por el contrario, encuentra un aire de sencillez a la par que de complejidad, al ser abordada en cuanto refiere a la estructura isabelina; de hecho, resulta que al comparar la estructura de la cinta superheroica con la presenta por Aristóteles en su Poética, el análisis que podemos suministrarle al filme resulta bastante vago, en cuanto si bien, el primer y el tercer acto cumplen con sus respectivas funciones (sentar las bases de la historia al presentarnos a los héroes y cerrar el ciclo a estos derrotar al villano de turno –Loki-, respectivamente), lo cierto es que en cuanto refiere al segundo acto, muchas cosas se dan en lo que refiere a acción y profundidad, tanto así que incluso, con los correspondientes puntos de giro, es insuficiente aun esta estructura para explicar todo lo que sucede en «Los Vengadores«. En cambio, si aplicamos el modelo propuesto por Gustav Freytag en su “Técnica del drama”, encontraremos que se alinea de forma más natural y sencilla a lo propuesto en la cinta de Marvel.

Fig. 2: Los Vengadores originales en la cinta del mismo nombre de Joss Whedon (2012), se unen para hacer frente a la amenaza del ejército de Loki.
El primero de los actos, la exposición, se nos revela cuando empezamos a tomar conciencia del mundo en que estamos: se nos presenta a Loki y su plan para hacerse con el dominio del planeta Tierra, a la par que se nos introduce a nuestros héroes y las reglas con las que estos deben moverse dentro de este universo (la magia, lo poderes extraterrestres, S.H.I.E.L.D., entre otros puntos). A continuación, tenemos la acción en ascenso, en donde una vez que nuestros héroes (Iron Man, Thor, Capitán América, Hulk, la Viuda Negra y posteriormente, Ojo de Halcón) se ha juntado, estos rastrean a Loki, lo enfrentan y lo capturan, conduciendo a la construcción de tensión dentro de la historia, donde se señala el siguiente paso a seguir, sumado a que se definen las personalidades de los protagonistas y su error trágico como grupo (sus diferencias superan su deseo de reprender a Loki). Escalamos entonces al clímax de la historia –que como ya vimos, no supone el acto final de nuestra historia sino el desarrollo máximo de conflicto dentro de la obra y el punto en que los protagonistas deben de tomar las decisiones que les conducirán a una victoria segura o a su derrota-, en donde, una vez apresado Loki y retenido en el Helicarrier, el conflicto interno de nuestros héroes (que fue presentado en el segundo acto) alcanza sus máximas cuotas, creando la máxima tensión posible, la cual explota cuando el antagonista (ayudado por sus aliados), escapa. Esta sección conduce a una primera derrota para nuestros héroes y los pone en la difícil situación que supone tomar una decisión frente al problema: trabajar en equipo o permitir que sus diferencias conduzcan a la perdición de la tierra.
Ahora los protagonistas han de reaccionar a las consecuencias del clímax y en eso consiste el cuarto acto: la acción en caída. Los héroes ponen a un lado sus diferencias y se preparan para hacer de su derrota, una victoria segura –dan una vuelta de tuerca a su situación-; para el final de este acto, ya son un súper grupo (Los Vengadores). Finalmente: el último acto, el dénouement o resolución, donde el conflicto se cierra (ya sea por medio de la caída de los héroes o su victoria), lo que sucede cuando Los Vengadores –ya convertidos en un equipo-, hacen frente a la totalidad de las hordas de Loki, siendo puestos a prueba y superando a las mismas. Finalmente, nuestros héroes se separan y envían a Loki bastante lejos (Asgard) donde no podrá volver a dañar a la humanidad -hasta la próxima cinta-.
De tal forma, el modelo de Freytag se acopla de forma ideal a la cinta de Joss Whedon, acoplando a la cinta dentro de la estructura isabelina de los cinco actos, la cual empero, no es en lo absoluto un patrón estático para el desarrollo de una historia, sino que se supone más bien una herramienta para un tratamiento más profundo de la narración; de hecho, lo cierto es que sí superponemos la estructura aristotélica a la película de la Marvel, esta se amolda bastante bien al desarrollo de la cinta, algo que explica John York:
“Es importante subrayar que una estructura en cinco actos no es realmente diferente de una en tres actos, tan solo es un modelo más detallado (…) en términos simples, los cinco actos son generados por poner dos actos adicionales en el segundo acto de la estructura tradicional de Hollywood. El primer y segundo acto se mantienen íntegros e iguales.”[13]
Así, usar una fórmula de cinco actos, satisface los requerimientos del paradigma aristotélico, a la par que permite un acercamiento más detallado y completo en el punto medio o desarrollo de una historia y la primera mitad de su cierre. No se busca volver a la obra en cuestión un ejercicio paradigmático, sino brindar un apoyo al creador y al crítico (que también puede ser un espectador) a la hora de organizar la acción que este presencia –la cual debemos recordar, ha de ser orgánica, no simulada-.
Luis F. Castañeda Duran
V-29.706.529
–
[1] La estructura narrativa es el esqueleto de cualquier narración: las partes de la que está formada.
[2] De hecho, muchos de los principios propuestos por Aristóteles dentro de su Poética, siguen siendo vigentes a día de hoy dentro de la gran parte de la comunidad o concepciones de los storytellers modernos –aunque lo cierto es que dentro de los análisis del polímita griego, lo que nos ha llegado en su totalidad, son los estudios o reflexiones que este realizo en torno a las Tragedias-.
[3] Es un concepto estético. A partir de Aristóteles se denomina así a la imitación de la naturaleza como fin esencial del arte. Se diferencia del concepto de “representación” principalmente en la naturaleza de su mecánica, donde la mímesis se resiste a la comparación con el referente y a convertirse en algo equivalente al original.
[4] ARISTÓTELES, “La Poética”. Grecia, siglo IV antes de Cristo, pág. 10.
[5] Las reversiones deben ocurrir como una causa necesaria y probable de lo que sucedió antes, lo que implica que los puntos de inflexión deben configurarse de manera adecuada.
[6] Es un concepto griego que puede traducirse como ‘desmesura’. No hace referencia a un impulso irracional y desequilibrado, sino a un intento de transgresión de los límites impuestos por los dioses a los hombres mortales y terrenales. En la Antigua Grecia aludía a un desprecio temerario hacia el espacio personal ajeno unido a la falta de control sobre los propios impulsos, siendo un sentimiento violento inspirado por las pasiones exageradas, consideradas enfermedades por su carácter irracional y desequilibrado, y más concretamente por Ate (la furia o el orgullo).
[7] Fue un guionista estadounidense. Publicó varios libros sobre la creación de guiones y condujo talleres y seminarios sobre cómo redactar libretos rentables. Los productores de Hollywood han utilizado sus ideas sobre la estructura para potenciales guiones.
[8] Es una consultora norteamericana en guiones.
[9] La pirámide de Freytag puede ayudar a los escritores a organizar sus pensamientos e ideas cuando describen el problema principal del drama, la acción ascendente, el clímax y la acción descendente.
[10] Si la historia es una comedia y las cosas iban mal para el protagonista, la trama comenzará a desarrollarse a su favor, a menudo requiriendo que el protagonista dibuje fuerzas internas ocultas. Si la historia es una tragedia, ocurrirá el estado de cosas opuesto, con cosas que van de bueno a malo para el protagonista, a menudo revelando las debilidades ocultas del protagonista.
[11] Aquí, son desentrañados los aspectos más complejos de la trama.
[12] El período isabelino no coincide cronológicamente en su totalidad con el Renacimiento europeo y menos aún con el italiano, mostrando un fuerte acento manierista y Barroco en sus elaboraciones más tardías.
[13] YORKE, John. “Into the Woods: A Five-Act Journey Into Story”. Estados Unidos, 2013, pág. 60 (traducción).